El sabor de los besos de mi amor
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escribir los besos de mi amor es algo tan excelso que me va a resultar muy difícil poder expresar con palabras el enorme sentimiento que se me queda prendido en ellos. Escribir la rutina de una carta de amor, componer un poema o cantar a la primavera, es algo tan estereotipado que ya casi todo el mundo es capaz de narrar con más o menos destreza literaria, pero rememorar con palabras los conmociones que se agolpan en mi mente cuando mi cariño me abraza con esa ternura y funde sus labios con los míos, y como su lengua busca desesperada las abismos de mi boca para llegar hasta lo más hondo de ella, es sencillamente inenarrable, o yo al menos no me siento capaz.
Los prolegómenos del beso ya me llevan a la locura. Ese acercarse pausadamente a mis labios, esas caricias a mis cabellos negros como el azabache jugando sus dedos con mis rizos deslizándose entre su espesura cual selva virgen, y cuando llega a mi nuca... ¡ay cuando llega a mi nuca! Allí se detiene, pero al momento sus cinco dedos arrastran de mi con una fuerza tan poderosa, que como el imán más potente, mi boca se confina con la suya irremisiblemente.
¡Luces de mil colores brillan por doquier a ni alrededor; el día se me hace noche; el calor derrite las nieves de mis ansias, el corazón bombea hasta la vena más lejana su ración de delectación. No hay un centímetro cuadrado de mi piel que no experimente el goce más infinito. ¡Sin duda el beso de amor es la sensación, la maravillosa alucinación, el desbordamiento de todos los vasos sanguinolentos; todo se sobrepasa, todo se desborda, todo tu ser se inunda en el légamo de la exaltación! Es por antonomasia el summun de lo glorioso, de lo subliminal, de lo seráfico, de lo etéreo. Es creer en Dios cuando me besa mi amor.
Sólo hay un pequeño problema, problema que pronto vamos a solventar por la suerte, ya que ninguno queremos renunciar a lo que se interpone de una manera a nuestros besos: que uno de los dos nos tenemos que afeitar el bigote.
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