Recuerdos de mi pubertad
¡Qué recuerdos! ¡Qué emoción! Contar lo que era la Navidad para un pueblo que hace poco más de una década había salido de un guerra civil es imposible relatarlo con imparcialidad. Por eso os lo va a contar un chaval de quince años desde su perspectiva e ignorancia, pero sin traumas ni heridas en el alma.
Año 1955. Madrid.
¡Hola! Me llamo Félix, y aunque saben que no me gusta, en mi casa me llaman Felisin. Soy bastante alto para la media de la época, mido ya 1.80 mt. pero sólo peso 55 kg. La situación general en cuanto a medios de abastecimiento es precaria. Las secuelas de la guerra todavía se notan en las estructuras del estado. Funciona un organismo que le llaman Auxilio Social, y dan un plato se sopa y un pedazo de pan a los que no tienen para ello. Gracias a Dios, como decía mi mamá (ella a todo le daba gracias a Dios) a nosotros no nos faltaba de comer, mal, pero al fin y al cabo era comida aquellas gachas y sopa de almortas que llenaban nuestras barrigas.
Si cuento estos hechos es para demostrar que a los 15 años aunque estés mal alimentado, tengas las piernas de palillo y el pecho de tabla, las ilusiones son mucho más inmensas que las del que disponen de todo, ¡qué verdad es que las ilusiones son proporcionales a las carencias! A más carencias más ilusiones y viceversa.
La Navidad era tan esperada por los jóvenes de aquellos años porque representaban un cambio en todas tus débiles estructuras mentales. Si un joven de hoy pudiera experimentar aunque sólo fuera por un segundo la sensación que nos producía a los de entonces, comer pollo y turrón en nochebuena, y el regalo de los Reyes Magos, una espada de madera o una muñeca de cartón, les aseguro que era mucho más intensa la emoción que produce hoy el juego cibernético mas excitante.
Eran días en donde todos manifestábamos nuestros mejores deseos de felicidad y se demostraba visitando a todos los vecinos tomando la copita de anís o de moscatel y el cachito de turrón. Esto servido en copitas como dedales, y en trocitos como dados del parchís, la escasez para los pobres seguía siendo manifiesta en los cincuenta.
Siempre pusimos el Nacimiento. La escoria del carbón quemado que recogíamos de las calderas de la calefacción, nos servía para hacer las montañas, el papel de plata que envolvían algunos productos, la alisábamos y con ella hacíamos el río, y el portal de Belen con cajas de zapatos. El ingenio hacía todo lo demás. Pero la ilusión de ver aquel Nacimiento te colmaba de tanta fantasía, que la felicidad llenaba tanto tu precaria mente que parecía que vivías un sueño hecho realidad.
El fin de año era la apoteosis, todos alrededor de la radio, aquellas radio de válvulas, tipo capillas por sus formas de criptas que se ponían en la repisa del comedor esperando que dieran las doce campanadas para tomar las uvas... ¡Uy! Pero de digo yo.. ¡Uvas! Sólo los ricos podían despedir el año viejo con uvas, los demás con pasas que se atragantaban si no les quitabas los rabitos antes de tomarlas.
¡Y por fin el guateque! ¡Como me vienen a la mente mis amigas y amigos de Ayala! ¡Qué será de vosotros! ¡Cómo nos divertíamos en casa del Gorín con aquel tocadiscos que repetía toda la noche la media docena de discos que disponíamos!
Permitan que ponga una nota un tanto bufona a este escrito, pero juro que lo que voy a contar es rigurosamente cierto.Eduardo y Tomás, los intelectuales de la pandilla después del guateque, sobre las seis de la madrugada del dia de Año Nuevo del 56, nos obligaron a ir a misa que a esa hora se celebraba en la capilla de un convento de clausura próximo al barrio. Una capilla no más de 25 metros cuadrados de superficie. Una mesa que hacía de altar mayor, un crucifijo y cuatro bancos era todo el mobiliario.
El frío en la calle era intenso, pero en la capilla se estaba muy calentito. Seríamos no más de 20 personas, más las monjitas que oían la misa desde unas celosías situadas en la pared de enfrente al altar. Mi gran amigo José Luis en cuclillas, como en posición fetal, se hallaba situado en la pared en donde más arriba estaban las celosías. Le miré sorprendido desde mis posición, como dos metros delante de él, y observaba como se retorcía en estertores...
... Al momento un olor nauseabundo imposible de describir, (en mi vida he olido un pedo como ese) invadió la estancia. El cura al alzar el cáliz dijo: Domino bo... snifff... snifff... snifff. biscu... Las monjitas que sin duda debido a su ubicación se llevaron la mejor ración, cerraron a to’meter las persianas. Los presentes se miraban estupefactos unos a otros, y los snifff...snifff...snifff... eran los rezos que se escuchaban en ese momento....
José Luis ya no se retorcía, su tez pálida recobró el color y todas las miradas se clavaron en él. Juro por Dios que jamás he olido un pedo de esa categoría... Nunca a ser humano hicieron tanto efecto las judías.
La noche del 5 de Enero era algo que no creo que un niño de hoy pueda comprender su dimensión de emoción y excitación. No se puede describir como dos juguetes que hoy causarían llanto de rabia y decepción a un infante, otrora levantaran tantos sueños y fantasías.
No puedo seguir... la emoción me embarga... Pongan ustedes el final feliz... ya que al día siguiente venía la cruel realidad de aquella España profunda.
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