¿Quién somos nosotros para condenar?
Algunos dicen que se sienten anonadados ante el hecho de que otros no condenen una parte de la historia de España. Yo les preguntaría que ¿quien somos para condenar a nadie? ¿Acaso jueces supremos e inapelables? NO, sólo los necios pueden pensar así.
Que una persona en su interior, o manifieste públicamente su condena a un personaje de la historia, es algo que nadie se lo puede impedir, ¡allá ella! Pero que cuide de que otros no le condenen, porque puestos a condenar, un servidor iba a mandar a los infiernos a todos aquellos que según mi juicio supremo son merecedores de tan terrible punición.
¡No, no! Que nadie se preocupe, no tengo esta potestad, ni tan siquiera el deseo de condenar a nadie; a lo más que llego, es a romper las relaciones con las personas que no considero gratas, pero no deseo a nadie ninguna condena.
¡Miren señores! Condenar una parte de la historia de un país, o a un personaje que la escribió, es una acción tan estúpida como absurda; pero anonadarse porque otros no la condenan es algo que va más allá de la estulticia más grande. Y aquel que hoy condene lo que ayer le sirvió para enriquecerse, no puedo calificar semejante acción porque se sale fuera de las normas de este foro.
¿Qué sentimiento o motivaciones tiene uno para condenar personajes fallecidos hace décadas? ¡Desde luego, sentimientos nobles no! Sólo es posible hacerlo desde el resentimiento, si alguno me dice que desde la justicia, es un pobre hombre o mujer, que no sabe lo que dice.
La historia o Dios ya se encargarán de condenar a los que en esta vida cometieron actos aberrantes contra la humanidad. Está llena de nombres: Nerón, Caligula, Domiciano, Atila y tantos más que hoy sirven de ejemplo a la monstruosidad humana. Pero ha sido el tiempo y la imparcialidad los que les ha condenado, no el “señor Manolo” erigido en inquisidor, el que diga que hay que condenar lo que él cree condenable.
¡No seamos tan simples, por favor!
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